lunes, 31 de octubre de 2016

Más errantes indómitos

Vuelvo al blog después de la promesa incumplida, de junio, de retomarlo, y vuelvo después de incluso plantearme dejarlo en el pasado y empezar otro.

¿Por qué he vuelto?

Quizás porque una parte de mi nunca quiso dejarlo atrás, por eso he seguido escribiendo, pese a todo, pese a las frustraciones, y el pensar, desde hace tres años, que este es el año que acabo una novela, iniciada en el 2005, y que en el 2016 tampoco la acabaré.

Escribo esto a las puertas del inicio del Nanowrimo, el reto ya internacional de escribir una novela corta, de 50.000 palabras, en noviembre, en un solo mes. Si llevo diez años con una novela, como puedo pensar que escribiré otra en un mes. Ese es el reto.


lunes, 6 de junio de 2016

Retomando el blog

Después de tanto el tiempo he decidido retomar este blog de nuevo. Curiosamente he decidido retomarlo en una época en la que me estoy planteando dejar algunos de los proyectos de escritura en los que llevo trabajando durante quizás demasiados años. Espero poder ir actualizando con más asiduidad.

domingo, 11 de mayo de 2014

Mala tarde en el bar

Éste es un viejo texto, del 15/01/2012. El título no creo que sea el mejor que se me pudo haber ocurrido, en realidad no se me ocurrió ningún otro.

 Mala tarde en el bar.

Otras cosas que no tenían nada que ver con todo aquello hicieron que volviera a recordarlo. Y no encontró mejor forma que hacerlo que acabar en el bar de siempre, lanzando dardos a la diana acompañado de ya la tercera copa de vodka de la tarde. Y con cada trago mejoraba su puntería. O tan solo se lo tomaba más en serio. Podría jugar quizás un par de partidas más antes de que el local estuviera lleno de humo, y el picor en los ojos le acabara de sacar de quicio.

Le dio un último trago a la copa que tenía encima de la mesa y comenzó a repiquetear con los dedos en la silla. Cerró los ojos e intentó recordar, con más detalle, los viejos tiempos que había vivido aquel bar. Su abuelo lo había llevado cuando apenas tenía edad para recordar las cosas, y le había enseñado, durante toda su adolescencia, a extraer provecho de todos los negocios que allí se hacían. Abrió los ojos, y a través de la niebla de su mareo vio a la camarera que le había servido el último vodka. Estaba de perfil, pero en ese instante se giró, cruzaron sus miradas y ella sonrió. Poco después la camarera le dejó una nueva copa en la mesa, mientras él intentaba recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la había tenido de rodillas en el lavabo.

Resopló, intentando eliminar esa imagen de su mente.

Su debilidad por las mujeres acabaría con su vida, o como mínimo con su hígado. Cogió el vaso pero apenas se mojó los labios mientras observaba a su alrededor. La gente de media tarde ya no estaba, y todavía faltaban un par de horas para que comenzaran a llegar sus clientes, y si seguía bebiendo a ese ritmo estaría inconsciente antes de la primera reunión. Lo dejó de nuevo en la mesa, clavando la vista, inconscientemente, en el anillo que llevaba en el dedo. Emma, su querida Emma, llevaba dos semanas fuera de la ciudad. Se había comportado durante los dos primeros días, pero a partir del tercero se había dedicado a perseguir casi cualquier falda con la que se cruzaba. 

Un suave golpeteo en la mesa lo devolvió a la realidad. Delante de él se había sentado un chaval que solía rondar por el bar, se rumoreaba que se acostaba con el propietario, aunque lo hacía pasar por un primo suyo. 

-        ¿Qué quieres? –le preguntó, molesto.

-      Creo que vendes algo que me interesa –dijo el joven, mientras retorcía un mechón de su pelo entre sus dedos –y creo que te puedo ayudar con tu pequeño problema –sonrió, señalando el dedo con el anillo.

-         No hace falta –respondió, seco – ¿qué quieres de lo que puedo proporcionarte?

-          Lo más habitual, quiero probar algo nuevo.

-          No quiero problemas con tu primo –movió la cabeza en dirección a la barra.

-          No te preocupes por eso –sonrió el chico, levantándose –y saluda a Emma de mi parte –sus ojos esmeralda brillaron.


viernes, 28 de febrero de 2014

Un cadáver en mi habitación

Escrito el día 07/01/12, basado en hechos reales.


Un cadáver en mi habitación 


Esa mañana entró furtivamente en mi habitación. En cuanto mis oídos me alertaron de su presencia me giré para protegerme. Me defendí, dando varios golpes, aunque quizás tan solo debí darle uno o dos golpes en total. Me  alejé, salí de la habitación y cerré la puerta, y fui a buscar el veneno, con el que lo rocié. Volví a cerrar la puerta de mi habitación y me fui, dejando que se asfixiara lentamente al respirar ese veneno. Salí de casa y dejé pasar apenas media hora. Al volver tan solo tenía que barrer lo que quedaba de aquel moscardón.

sábado, 22 de febrero de 2014

Noche de luna llena

Otro viejo texto, del 02/01/2012, porque ya estoy revisando textos de hace dos años, muchos de ellos casi olvidados ya. Si mal no recuerdo, son pruebas de géneros diferentes a lo que solía escribir, por aquel entonces, aunque en el fondo creo que los personajes, a lo largo de los textos de estos años, acaban pareciéndose mucho los unos a los otros. Bueno, como siempre, los comentarios son bienvenidos.

sábado, 25 de enero de 2014

La última fotografía

Cuarta parte de Errantes Indómitos, escrito el 20/12/11

La última fotografía

Volvió a despertase huyendo de la misma pesadilla que lo acosaba esos últimos días. Todavía era temprano, y estaba hambriento. Cogió una de las botellas que guardaba en la nevera de aquel sótano y subió a la sala de estar de su casa. Lo que vio era desolador. Debería volver a contratar a alguna muchacha para que le hiciera la limpieza. Por las mesas todavía había latas de refrescos, vasos y platos del último cine-fórum que habían organizado sus amigos, una semana antes. O hacerles ir esa misma noche, a que limpiaran la sala. Se había descuidado de las formas en las que su abuelo lo había criado, años atrás, y desde que murió, se había dedicado todos esos años a hacer todo lo contrario a lo que le había enseñado. Para qué engañarse, solo tenía veinticinco años, y su abuelo había muerto poco antes de que cumpliera los dieciocho. Y poco después, él le había enseñado lo que significaba, en realidad, todo lo que había aprendido de su abuelo. Se dejó caer en el sofá que estaba más limpio y abrió la botella. Le dio dos tragos y la dejó en el suelo, al lado de lo que parecía un álbum de fotos. No recordaba haberlo dejado allí la última vez que estuvo en el sofá. Lo cogió y lo ojeó. Fotos y fotos de la gente del club, de varias fiestas. Gente que veía a menudo, gente que ya no vivía allí, y alguien que ya no existía. Y al final del álbum, una foto de él. No había vuelto a verle desde hacía año y medio, aquella maldita última noche de Berlín, cuando creyó que iba a morir. Ese maldito bastardo. Le seguía añorando, incluso, tres días atrás, le había parecido verle, fumando, ese maldito vicio que nunca le mataría, delante del local. 

Cerró los ojos y dejó el álbum de fotos otra vez en el suelo, al lado de la botella. Recuerdos, demasiados recuerdos que creía olvidados. Había intentado odiarle durante todas aquellas noches, Pero no podía olvidar que durante los últimos cuatro años, menos ése último, había sido su guía, el mejor maestro del que pudiera haber aprendido nada, aunque aparentaran la misma edad. Sonrió con nostalgia, hacía año y medio que le había visto por última vez, y en realidad le parecía que había pasado toda una vida. 

Su mente seguía recreándose en ese recuerdo. Aquella noche, en Berlín, había ido a pasar dos semanas con unos cuantos amigos suyos a aquella ciudad. Y una de las últimas noches que iba a pasar allí se habían encontrado. Su instinto le había querido advertir, pero se trataba de su mejor amigo, y no había hecho caso a esa alarma. Y aquella última noche él había insistido que se quedaran en la casa que habían alquilado, y se pasaron casi toda la noche en el sótano hablando. Y ahora se daba cuenta que en aquella noche recibió las últimas lecciones que él le podía dar. Justo antes de que pasara lo que pasó. 

Debía haberse dado cuenta de que algo no iba bien cuando él le llamó William. No le había llamado por ese nombre, el mismo nombre que compartía con su abuelo, desde poco después de comenzar su amistad. No recordaba lo que pasó después, tan solo que era algo que lo atrapaba en sus pesadillas, y que desaparecía cada noche, al despertar. Aquella noche, todavía en Berlín, había despertado, totalmente desorientado, en aquel sótano. Y lo único que quedaba de él era un sobre abultado, con todos los papeles de sus propiedades, y las llaves, desde ese momento a su nombre, y un colgante, que alguna vez le había visto, aunque siempre mantenía oculto, en una cadena de plata, alrededor de su cuello. Tuvo que asimilar que ya no le vería más. Nadie deja arreglados sus asuntos si pensaba volver.

Abrió los ojos de golpe. Recordar todo aquello hacía que le odiara, y le añorara. Recogió la botella y volvió al sótano. La dejó en la basura y cogió otra de la nevera. Esa  noche no quería ir al local, que en ese último año y medio era suyo. A esas horas, el camarero que tenía contratado ya habría abierto, tal y como había hecho él en el pasado. No lograba quitarse la sensación de notar el fantasma de su viejo amigo en su espalda, la sensación que, durante esas últimas noches, cada uno de ellos había merodeado durante algunos instantes, por la mente del otro. Acabó esa segunda botella y la tiró. Subió hasta su vieja habitación y se cambió de ropa. Cogió las llaves de la moto, que también había heredado, y acarició las llaves que estaban colgadas al lado. Eran del piso de su viejo amigo, uno de ellos, en el que se solía refugiar cuando quería que nadie le molestara. Las cogió también. Hacía meses que había estado allí por última vez, y seguramente estaría lleno de polvo. 

Media hora después aparcaba la moto delante del piso. Contó las ventanas tres veces para asegurarse  de que era cierto lo que veía. Se veía luz a través de las ventanas. Y, a parte de él, tan solo había otra persona que tenía las llaves. Dejó la moto en la acera y sacó las llaves del bolsillo. Abrió la puerta de entrada y mientras subía en el ascensor comenzó a plantearse lo que estaba haciendo, sin saber lo que se podía encontrar.

Abrió la puerta del piso. Todas las luces estaban encendidas, y había ropa ordenada en las sillas de la mesa del comedor. Un traje. Americana, pantalón y camisa, demasiado serio para ser de su amigo. Dejó de oír el agua de la ducha, y poco después vio salir del lavabo un hombre, unos años mayor que él, desnudo, caminando hacia el salón. Llevaba en una pulsera el mismo colgante que tenía él. Se echó el cabello, rubio, mojado, hacia atrás mientras le sonreía.

-          Debes ser el chico, encantado de conocerte.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Fuego

Mini relato escrito el día 22/11/2011; continuación de Papeles arrugados, que puede leerse aquí

Fuego

Llegó a la habitación casi sin aliento, estaba vacía, abandonada como siempre, salvo por el fuego de la chimenea que, a esas horas, estaba casi muerto. Aquella mañana, al volver a su casa después de coger agua del río, su padre comentó que se había visto luz, durante toda la noche, en aquella habitación. Había llegado tarde. Andó, nerviosa, entre aquellas frías paredes hasta llegar a la chimenea, en la que colocó el único trozo de madera que había allí.

Cerró los ojos. Le echaba de menos, le había añorado todos esos años desde que desapareció la misma noche en la que ella comenzó a darse cuenta de ciertas cosas. Le esperó durante las últimas horas de aquella tarde, mientras se ponía el sol, y casi toda la noche, al lado del río, hasta que se quedó dormida. Esa era la maldición de hacerse mayor. Desde aquella noche ya no había vuelto por el río si no la enviaba su padre a por agua, ni por aquella casa. Hasta ahora.

Se estaba comportando como una niña tonta, como cuando era pequeña y le hacía preguntas estúpidas que él se dedicaba a responder, no siempre diciéndole toda la verdad. Se golpeó ligeramente la cabeza, ese dichoso gesto que había adquirido de tanto vérselo a él. Dio una vuelta por la habitación escuchando el solitario eco de sus zapatos en la piedra. Seguía tan fría y desnuda como la recordaba. Una chimenea, una silla y un escritorio. Y allí, olvidada encima del escritorio, había una vieja pluma. Se sentó frente al escritorio y alargó una mano hacia la pluma. Las yemas de sus dedos la acariciaron mientras cerraba los ojos.

Le pareció notarla viva bajo sus dedos, y apartó la mano. Sonrió con tristeza al pensar en su propietario y al darse cuenta de la inmensa ironía que todo eso representaba. Él no le dijo toda la verdad, pero le dio todas las pistas que necesitaba para, años después, averiguarla. Se levantó y volvió a la ventana. Las ramas de los viejos robles se movían, permitiendo que sus hojas juguetearan con la luz que llegaba del sol.


Volvió al escritorio y se sentó en aquella silla de cuero que tanto le gustaba de pequeña y apoyó sus codos en el escritorio, preguntándose qué había estado haciendo él allí durante toda la noche, y porqué no le había dicho nada. Quizás volvería para recoger la pluma, pero lo dudaba. Él era un experto en dejar las cosas atrás. Y ella también tenía que hacer lo mismo. Se levantó y se acercó a la chimenea y apoyó una de sus manos en la repisa. Atizó un poco el fuego que volvía a morir mientras le picaba la nariz por culpa del polvo que había levantado, y al ir a estornudar vio, al lado de su mano, la huella que había dejado otra mano en aquella repisa. Se dejó caer al suelo, delante de la chimenea, y entonces vio, entre la ceniza, un papel arrugado.